Cada tanto me dedico a aporrear el teclado con furia. Y una de esas tantas veces salió este breve cuento fantástico:
Como todos los días, mi intolerante y frecuente monotonía impone su supremacía sobre lo diferente. Tal es así, que al permanecer en ese estado ambiguo entre aletargado y despierto característico del amanecer diario planeado cronológicamente, no logro distinguir con facilidad que cosas triviales hice y cuales me faltan hacer para estar listo y partir hacia la oficina.
Cargado en mis papilas gustativas con sabor a café torrado, me decido a encender mi Peugeot 206, que supe ganarme honradamente, accediendo a cumplir las exigencias de la burocracia laboral que me esperan en el lugar a donde me dirijo.
En la esquina de 25 de Mayo y Pavón, vislumbro que me acontecería algo más que una maniobra brusca.
Al avanzar algunos metros por inercia y por otras tantas complejas leyes de la física, empiezo a visualizar miles de destellos que configuran constelaciones de diminutos cristales, los cuales ahora flotan armoniosamente por todo ese espacio en el que me encuentro. Alguna parte del chasis de un Ford Falcon celeste se incrusta por el lado izquierdo, como analógicamente se clavaría con abundante facilidad una cuchara en un flan y dispara un debate conmigo mismo acerca de las características de los vehículos de hace décadas, sobre todo, de los metales relativamente resistentes que los componen, marcadamente diferenciados de los actuales. Hasta que, al inhalar, siento una severa molestia en mi torso y mis pupilas se desplazan, arrastrando gradualmente su focalización hacia algo puntiagudo que me traspasa. Me produce mucho asombro que recién en este instante, las ondulaciones de la frecuencia sonora que fueron emitidas previamente por una fuerte estridencia y algunos rechinamientos, lleguen a mis oídos (o así pareciera, ya que en este momento es justamente cuando interpreto ese terrible chirrido).
Ahora estoy en movimiento, pero sin mi automóvil: estoy en el aire atravesando con mi cabeza el cristal que conforma el parabrisas. Por lo tanto, no puedo más que dejarme trasladar hacia un destino tormentoso, que pareciera nunca llegar, pero que sin duda, no sería mi empleo.
- ¡No lo deben tocar! Podrían dañarle la columna vertebral. Está en un grave estado. – Dice alguna voz de alguien que no logro reconocer.
Pero sigo en mi vuelo, cada vez más alto, como nadando hacia una superficie. Estoy yendo hacia arriba muy paulatinamente. Todo está muy confuso y desbaratado, tanto como cuando recién me despierto y coexisten dentro de mí esos dos estados ambiguos.
- ¡Ricardo aguantá por favor! ¡Ahí viene una ambulancia!. – Esta vez, es una voz femenina muy familiar.
De golpe, todo se vuelca hacia uno de los universos y éste es particularmente calmoso y plácido donde ocurren las cosas objetivamente. Puedo recordar (u observar, no lo sé con exactitud) los hechos que me sucedieron a lo largo de mi vida, o al menos aquellos ínfimos a los que les doy trascendencia: Solange sorprendiéndome con mi comida favorita, alguna persona cálida del barrio o cuando compré mi primer coche, entre otros tantos acontecimientos y poco a poco abro los ojos en la oscuridad eterna.
Como todos los días, mi intolerante y frecuente monotonía impone su supremacía sobre lo diferente. Tal es así, que al permanecer en ese estado ambiguo entre aletargado y despierto característico del amanecer diario planeado cronológicamente, no logro distinguir con facilidad que cosas triviales hice y cuales me faltan hacer para estar listo y partir hacia la oficina.
Cargado en mis papilas gustativas con sabor a café torrado, me decido a encender mi Peugeot 206, que supe ganarme honradamente, accediendo a cumplir las exigencias de la burocracia laboral que me esperan en el lugar a donde me dirijo.
En la esquina de 25 de Mayo y Pavón, vislumbro que me acontecería algo más que una maniobra brusca.
Al avanzar algunos metros por inercia y por otras tantas complejas leyes de la física, empiezo a visualizar miles de destellos que configuran constelaciones de diminutos cristales, los cuales ahora flotan armoniosamente por todo ese espacio en el que me encuentro. Alguna parte del chasis de un Ford Falcon celeste se incrusta por el lado izquierdo, como analógicamente se clavaría con abundante facilidad una cuchara en un flan y dispara un debate conmigo mismo acerca de las características de los vehículos de hace décadas, sobre todo, de los metales relativamente resistentes que los componen, marcadamente diferenciados de los actuales. Hasta que, al inhalar, siento una severa molestia en mi torso y mis pupilas se desplazan, arrastrando gradualmente su focalización hacia algo puntiagudo que me traspasa. Me produce mucho asombro que recién en este instante, las ondulaciones de la frecuencia sonora que fueron emitidas previamente por una fuerte estridencia y algunos rechinamientos, lleguen a mis oídos (o así pareciera, ya que en este momento es justamente cuando interpreto ese terrible chirrido).
Ahora estoy en movimiento, pero sin mi automóvil: estoy en el aire atravesando con mi cabeza el cristal que conforma el parabrisas. Por lo tanto, no puedo más que dejarme trasladar hacia un destino tormentoso, que pareciera nunca llegar, pero que sin duda, no sería mi empleo.
- ¡No lo deben tocar! Podrían dañarle la columna vertebral. Está en un grave estado. – Dice alguna voz de alguien que no logro reconocer.
Pero sigo en mi vuelo, cada vez más alto, como nadando hacia una superficie. Estoy yendo hacia arriba muy paulatinamente. Todo está muy confuso y desbaratado, tanto como cuando recién me despierto y coexisten dentro de mí esos dos estados ambiguos.
- ¡Ricardo aguantá por favor! ¡Ahí viene una ambulancia!. – Esta vez, es una voz femenina muy familiar.
De golpe, todo se vuelca hacia uno de los universos y éste es particularmente calmoso y plácido donde ocurren las cosas objetivamente. Puedo recordar (u observar, no lo sé con exactitud) los hechos que me sucedieron a lo largo de mi vida, o al menos aquellos ínfimos a los que les doy trascendencia: Solange sorprendiéndome con mi comida favorita, alguna persona cálida del barrio o cuando compré mi primer coche, entre otros tantos acontecimientos y poco a poco abro los ojos en la oscuridad eterna.
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